Las redes sociales debían conectar al mundo, pero nunca hemos estado tan desconectados. Y nuestros hijos están pagando el precio.
Vista desde fuera, Palo Alto parece un suburbio adinerado más en el corazón de Silicon Valley: calles arboladas y soleadas, hileras de centros comerciales con cafeterías artesanales y restaurantes mediterráneos de lujo para tech bros e inversionistas de riesgo, gente en forma haciendo ejercicio en las aceras, estudiantes por todas partes. La impresión general es la de una ciudad llena de salud, vitalidad y energía. La gente parecía tranquila. Viví en Palo Alto 5 años mientras hacía mi posgrado en Stanford. Era mi hogar. Recuerdo ir en bicicleta a Blockbuster los viernes por la noche a buscar algo para ver con amigos. (En esa época era VHS.) Eran tiempos más sencillos. De lo que no me daba cuenta entonces era de que las cosas no eran tan luminosas como parecían.
El periodo entre 2009 y 2010 fue uno de los capítulos más oscuros de la historia de Palo Alto. En el transcurso de nueve meses, entre 2009 y 2010, seis adolescentes de Palo Alto se quitaron la vida. Todavía se me eriza la piel cada vez que oigo el silbato del Caltrain atravesando los suburbios y recuerdo las terribles muertes de esos estudiantes. Hubo tantos intentos de suicidio que voluntarios y padres empezaron a vigilar las vías para evitar más pérdidas de vidas. Dos escuelas secundarias en particular — Gunn High School y Palo Alto High School — fueron las más golpeadas por la ola de suicidios, y el problema persistió en los años siguientes. En 2015, la tasa de suicidio en Gunn y Palo Alto High School era más de cuatro veces el promedio nacional. El condado de Santa Clara (donde está Palo Alto) vio su tasa anual de suicidios llegar a 20 niños y jóvenes adultos entre 2010 y 2014.
Uno de los aspectos más perturbadores de la crisis de suicidios adolescentes en Palo Alto es que muchos de los jóvenes que se quitaron la vida no eran marginados sociales ni mostraban las señales habituales de enfermedad mental. Eran chicos aparentemente normales. Algo más estaba pasando. Una posible explicación está en la cultura de Silicon Valley. Muchas de las secundarias del Valle, como Gunn y Palo Alto High, tienen estudiantes muy ambiciosos de familias adineradas y con un alto nivel educativo. Los estudiantes de la zona cuentan que sienten la necesidad de estar constantemente a la altura de sus compañeros. Señalan que sienten una presión enorme por sobresalir en lo académico y en las actividades extracurriculares, y que el ambiente competitivo de sus escuelas ha llegado a niveles poco saludables. No sorprende que las tasas de ansiedad y depresión entre los jóvenes se hayan disparado. El problema no se limita a Silicon Valley. Según un informe de 2019 de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, cerca de 1 de cada 6 adolescentes reportó haber hecho un plan de suicidio en el año anterior, un aumento del 44% desde 2009.
Sería casi irresponsable hablar de la crisis de salud mental adolescente sin considerar los efectos dañinos, hoy bien documentados, de las redes sociales en el cerebro adolescente. Las plataformas de redes sociales, muchas de ellas creadas a pocos kilómetros de Gunn y Palo Alto High, en Silicon Valley, amplifican las presiones sociales que los adolescentes ya sienten. Instagram, por ejemplo, anima a los usuarios a presentarse de forma idealizada. La aplicación está diseñada específicamente para mostrar a los usuarios retratos irreales de la vida: gente que se ve perfecta, actúa perfecto, sale con sus grupos de amigos perfectos, se va de vacaciones perfectas y presume sus selfis perfectas.
Las aplicaciones de redes sociales, que fueron diseñadas para darnos una forma de compartir y conectar con otras personas, han tenido el efecto contrario para muchísimos de nosotros.
En todo el país, el uso excesivo de redes sociales entre adolescentes se ha vinculado con el aumento de las tasas de ansiedad y depresión y con un mayor riesgo de suicidio. Un estudio de diez años de investigadores de la Universidad Brigham Young, publicado en 2021, encontró que las chicas que reportaron usar redes sociales dos o tres horas al día o más a los 13 años, y que luego aumentaron su uso con el tiempo, eran las que corrían mayor riesgo de suicidio al inicio de la adultez. La trágica ironía es que las aplicaciones de redes sociales, que fueron diseñadas para darnos una forma de compartir y conectar con otras personas, han tenido el efecto contrario para muchísimos de nosotros. Intensifican nuestros sentimientos de exclusión, aislamiento e invisibilidad. Las redes sociales debían conectar al mundo, pero nunca hemos estado tan desconectados. Y nuestros hijos están pagando el precio.
Necesitamos enseñar a los jóvenes a desarrollar hábitos más seguros en línea para empezar a cambiar la cultura. Es más importante que nunca que nosotros, como padres, eduquemos a nuestros hijos sobre los efectos dañinos del uso de las redes sociales. Así como les enseñamos sobre los riesgos de las drogas y el alcohol, también deberíamos enseñarles sobre los peligros de las redes sociales. Tenemos que hacer lo que podamos para empezar a atacar el problema que está causando una epidemia de ansiedad, depresión y suicidio entre los jóvenes. La crianza es fundamental, pero todos nosotros, tengamos hijos o no, tenemos la responsabilidad de dar ejemplo de comportamientos más sanos en línea.
Una manera de hacerlo es intentar ser más vulnerables cuando usamos las aplicaciones de redes sociales. Como ha señalado la investigadora Brené Brown, para que la conexión ocurra tenemos que permitir que nos vean, que nos vean de verdad, no en pequeñas ventanas pixeladas en nuestras mejores poses, sino como realmente somos, con todos nuestros defectos. La vulnerabilidad es difícil. Con demasiada frecuencia, nos da miedo lo que vemos en el espejo. Nos da miedo quienes somos en realidad. Nos da miedo no ser lo bastante buenos. Pero quiero ayudar a que empecemos a reescribir la narrativa en línea. Quiero animarlos a todos a ser más vulnerables. No tienes que desviarte del camino que lleva a tu yo auténtico. Solo te engañas a ti mismo cuando le presentas al mundo una versión distinta de ti.
Eres suficiente. Eres mucho más que suficiente.
Si te sientes insuficiente en línea, si te sientes mal cuando estás en las aplicaciones, si parece que el mundo se ha vuelto demasiado abrumador y demasiado loco, aquí estoy para ti. Quiero ofrecerte una bendición. Eres suficiente. Eres mucho más que suficiente. Bendito seas tú y todo lo bueno que tienes para dar. Tienes tanta luz dentro. El mundo sigue girando, y espera tu regalo.
Love, Orkut
Si tú o alguien que conoces puede estar teniendo pensamientos suicidas, en Estados Unidos llama o envía un mensaje de texto al 988 (la Suicide & Crisis Lifeline, antes 1‑800‑273‑8255) o contacta a la Crisis Text Line enviando HOME por mensaje de texto al 741741.
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